miércoles, 8 de junio de 2011

Bienvenidos a mis sueños.

La lluvia inundaba el cristal, la carretera lloraba océanos, y se derumbaba el mundo como si fuese a morir, estallar. O más bien eso sentía yo en el corazón. Dolor y frío. Las lágrimas trasnformaban mi visión del mundo en una neblina blanca, en aquel momento en el que estuve a punto de morir ahogada. Ahogada, estaba ahogada, con sabor a sal. La agonía me comprímía contra el asiento y solo chillaba, gritaba y pisaba el acelerador. La velocidad no me producía terror, porque nunca he tenido miedo a la muerte. Ojalá pudiese morir. Y la receta de juntar todas esas cosas hizo que el coche dejase de ir por el camino correcto, sobre el agua bailó su último adiós. Mi cabeza solo pintaba el precipio que cubría durante kilómetros la ladera de la montaña que intentaba escalar. Precipicio, precipio, al vacío, al vacío. Esta es la oportunidad perfecta. Ahora o nunca. Es hora de morir sin querer. Jamás habría ese momento otra vez, tantas motivos por los que no ser culpable. Un triste accidente. Pisé a fondo el acelerador, que termine ya, pero el mundo no quiso dejarme volar. El coché explotó contra apenas 5 metros de piedras entre la carretera y el nunca más. Cientos de kilómetros de final y un ínfimo trocito de salvación, de sobrevivir. Y ahí terminé, justo justo justo ahí.
El morir me sujetó de la muñeca y me tiró fuera del mundo, fuera de la carretera. Quiso que rozase el no estar, deleitarme con el poder despedirme, hacerme sonreir con el poder. Y luego, cruelmente, me lo quitó, me explosionó por dentro y por fuera y me dejó tirada, abandonada, para siempre.

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