jueves, 9 de junio de 2011

El mundo no se para aunque yo me quede quieta. Todos giran, y nadie me ve.

Sí, quiero matarme. Pero sin que se note, poco a poco. Vomitar todo lo que como hasta sentir el vacío en el estómago. El mismo vacío que tengo en el hueco del corazón y en la memoria, para combinar. Fumar hasta sentir que el humo me da dolor de cabeza, como si me presionase el cerebro. Rasgarme la piel, y las entrañas. Matarme desde dentro y desde fuera. Y coleccionar odio, tristeza, angustia, lágrimas, soledad, indiferencia y rabia en botes de cristal. Para después romperlos agresivamente contra el suelo y ver como estallan en cachitos, como una gran ola expansiva que se lo lleva todo. Como un fin. Cientos, y translúcidos trocitos de pequeños cristales que son imposibles de volver a pegar.
Ojalá pudiesen estallar contra el cielo, en lugar de contra el suelo, y pudiese morir en una lluvia de brillantes cristales

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